Category Archives: Extracto

El auge del capitalismo del desastre

“Yo no hablo con periodistas”, dijo la voz tensa que se oía al otro lado del hilo telefónico. Y luego una diminuta ventana de esperanza: “¿Qué quiere?”.

Me doy cuenta de que tengo unos veinte segundos para convencerla, y no será fácil. ¿Cómo puedo explicarle a Gail Kastner lo que quiero de ella, el viaje que me ha llevado a llamar a su puerta?

La verdad suena tan extraña: “Estoy escribiendo un libro sobre el shock. Y sobre los países que sufren shocks: guerras, atentados terroristas, golpes de Estado y desastrs naturales. Luego, de cómo vuelven a ser víctimas del shock a manos de las empresas y los políticos que explotan el miedo y la desorientación frutos del primer shock para implantar una terapia de shock económica. Después, cuando la gente se atreve a resistirse a estas medidas políticas se les aplica un tercer shock si es necesario, mediante acciones policiales, intervenciones militares e interrogatorios en prisión. Quiero hablar con usted porque creo que es una de las personas que ha sobrevivido al mayor número de shocks. Usted fue víctima de los experimentos clandestinos de la CIA con electroshocks y otras ‘técnicas especiales de interrogatorio’. Y por cierto, creo que los frutos de las investigaciones para las cuales usted fue una cobaya humana se están utilizando con los prisioneros de Guantánamo y Abu Ghraib”.

No, desde luego que no puedo decirle eso. Así que me limito a contestar: “Hace poco estuve en Irak, y trato de entender el papel que juega allí la tortura. Nos dicen que se trata de obtener información, pero creo que es más que eso. Estoy convencida de que están intentando construir un Estado modélico, borrando las mentes y los cuerpos de las personas y volviéndolos a crear desde cero”.

Hay una larga pausa, y luego el tono de voz de la respuesta es distinto. Tenso aún, pero ¿ligeramente aliviado? “Lo que acaba de decir es exactamente lo mismo que la CIA y Ewen Cameron me hicieron a mí. Trataron de borrarme y volver a crearme. Pero no funcionó”.

Extracto de La doctrina del Shock, de Naomi Klein.

la doctrina del shock

La doctrina del Shock, de Naomi Klein, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Booket.

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Los problemas que me hicieron volverme Dark

A los catorce años me hice Dark. Ahora soy Celia la Dark.

El primer día de tercero de secundaria recorrí veinte cuadras desde mi casa hasta al Instituto Hershey con unas botas tan altas que parecía que había crecido siete u ocho centímetros durante el verano. Yo llevaba una camisa gris debajo de una sudadera negra con capucha que me cubría tanto la frente que llegaba hasta la raya del ojo. Crucé rápidamente la entrada lateral, localicé mi casillero en el segundo piso y colgué un cartel en la puerta con cinta adhesiva. Era de cartón negro y tenía letras recortadas de revistas, como si fuera una nota de rescate.

Me han dicho que algunos chicos vienen al colegio a aprender. Otros vienen porque es una válvula de escape social o porque les encanta el teatro o el futbol. La mayoría viene porque es un requisito legal del Estado y, por tanto, de sus padres. Yo vine al Instituto Hershey para vengarme. No tenía un plan concreto, pero lo que sí sabía es que sería humillante y público y que mi víctima tendría claro que lo había organizado yo.

Llámame planeta, pues giro alrededor de un sol del color

de la venganza.

O semilla, pues crezco en la tierra gris que se ocupa de un

asunto pendiente.

Soy una bebida fría, un castigo para los cubitos de hielo, una

comida picante que se venga.

Llámame rollo de película. Mira y verás lo que hago.

Este es un poema que escribí este verano. He escrito muchas poesías desde que me hice Dark.

Mientras abría mi mochila para meter los libros en el casillero, el pasillo se fue llenando de alumnos y del cuchicheo amplificado del primer día. En ese momento oí su voz dulce y alegre resonando entre los demás, un pajarillo con un canto demasiad potente para su cuerpo. Señaló mi casillero y dijo en voz alta, “Cada año más rara”, y las chicas que iban detrás de ella se rieron tapándose la boca con las manos.

Era Sandy Firestone. Y si mi corazón fuera una ballesta, cada flecha estaría apuntando hacia ella.

El cartel de mi casillero decía: Celia la Dark.

Extracto de La dulce venganza de Celia Door, de Karen Finneyfrock.

la dulce venganza de celia door

La dulce venganza de Celia Door, de Karen Finneyfrock, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Destino.

Todos contra uno: el juicio de Adolf Eichmann

Desde los albores de la historia, la humanidad ha presenciado la escena de un hombre solitario que se enfrenta a su propia destrucción, una destrucción encarnada por un tribunal que, a su vez, representa a la sociedad. Todos nosotros que, de una u otra manera, dudamos de nuestra propia muerte (es decir, de la realidad) nos encontramos en el juicio cara a cara con la existencia de esa cruda realidad.

A veces, un juicio resulta inolvidable por su significado simbólico y porque el acusado cuenta con nuestra más absoluta simpatía. Este es el caso del juicio de Sócrates, que se celebró en Atenas en el siglo V antes de Jesucristo. En ocasiones, un juicio cambia el rostro de la humanidad, como en el que se celebró contra Jesús, en Jerusalén, en torno al año treinta de nuestra era. Puesto que la condena del inocente era inherente a la tarea de cumplir las Escrituras, las posibles actitudes frente a este juicio superan la dimensión humana. A veces, un juicio se recuerda por haber sido un caso sumamente lastimero y sucio, como el proceso contra Juana de Arco, en la ciudad de Ruan, en 1431. En otras ocasiones, el juicio marca unos inmensos cambios políticos, como el proceso contra Luis XVI, en París, en 1793. En este caso se puede discrepar sobre de qué lado deben estar las simpatías. Sin embargo, en la historia del mundo, la humanidad no se había preparado nunca (tan unánimemente exenta de simpatía) para destruir a un sólo hombre como en el caso de Adolf Eichmann, en Jerusalén, en 1961.

Cabría preguntarse por qué no aparecen en esta lista los juicios de Núremberg pues, a fin de cuentas, allí se juzgó a personas que incluso eran culpables de forma más directa y en mayor grado que Eichmann. La respuesta podría ser que, en 1946, nadie quería oir hablar de la guerra: había que colgar cuanto antes a los canallas y pasar la página. Además, incluso entonces, algunos hechos resultaban apenas creíbles, como el terrible testimonio sobre las cámaras de gas ofrecido por un miembro de la SS, Kurt Gerstein (quien en 1942 transmitió esta información a Suecia y al Vaticano, aunque su acción fue infructuosa). En cambio, ahora, en 1961, la guerra está de moda: las novelas de guerra encabezan la lista de best sellers, los documentales bélicos llenan las salas de cine de todo el mundo, hay una nueva generación que quiere saber todo acerca de los motivos válidos o cuestionables. Sin embargo, la abrumadora atención que recibe el juicio a Eichmann no se puede explicar únicamente por la distancia que nos separa ahora de la guerra. La principal causa redica sin duda en el hecho de que, en Jerusalén, se presentará ante sus jueces un sólo hombre, mientras que en Núremberg era veinte. Aquello era un grupo frente a un grupo, algo muy distinto de todos contra uno.

Extracto de El juicio a Eichmann, de Harry Mulisch.

el juicio a eichmann

El juicio a Eichmann, de Harry Mulisch, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Ariel.

Para leerte mejor: Mecanismos para la formación de lectores que escriban

La calidad de la educación y del desempeño laboral depende en enorme medida del dominio de la lengua. Escuchar, leer, hablar y escribir mejor permite pensar, saber, creer, descubrir, conocer, indagar, imaginar mejor. El dominio del idioma se fortalece con la lectura y la escritura, que empiezan con el amor a los libros, a otros impresos, a las opciones de imágenes y textos que ofrecen las nuevas tecnologías. La afición, la curiosidad, el interés por los textos y las imágenes pueden arraigarse en los niños antes de que aprendan a leer, e incluso antes de que aprendan a hablar.

No invertir en la formación de lectores que lean por gusto y sean capaces de servirse de la escritura es desperdiciar lo que el país ha invertido en la ampliación de la cobertura escolar, la alfabetización y la práctica de los otros usos de la lectura y la escritura.

Una consecuencia de la lectura por placer -de la nota roja y las reseñas de espectáculos de Lezama Lima y Sergio Pitol- es el adiestramiento para la comprensión: para la construcción de sentidos y significados. Eso la vuelve una actividad educativa y formativa irremplazable, vinculada a lo largo de la vida con múltiples formas y niveles de desarrollo personal y social. Una actividad que será más productiva mientras se realice con textos de mayor calidad.

Aunque sea, como diría Perogrullo, una actividad de la mayor utilidad, la lectura utilitaria no crea la afición a leer. Durante dieciocho años (1983-2001), mientras fue dirigida por la doctora Ana María Magaloni, la Red Nacional de Bibliotecas Públicas tuvo un crecimiento extraordinario, pues pasó de poco más de trescientas a poco más de seis mil, instaladas en ochenta y ocho por ciento de los municipios de la república.

Tuvo una innegable eficacia para contribuir a que el analfabetismo se redujera, pero se mantuvo enérgicamente orientada hacia la lectura útil y su capacidad para formar lectores fue virtualmente nula.

Los lectores se forman cuando descubren los placeres de la lectura; los placeres de los sentidos y placeres del intelecto. En ese momento ya no hacen falta otras razones: la recompensa mayor de leer es la lectura misma. Como escribió Alfonso Reyes en La experiencia literaria: “Sin cierto olvido de la utilidad, los libros no podrían ser apreciados”.

Extracto de Para leerte mejor, de Felipe Garrido.

para leerte mejor

Para leerte mejor, de Felipe Garrido, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

El verano en que me enamoré

Llevábamos conduciendo como unos siete mil años, o al menos eso parecía. Mi hermano Steven conducía incluso más despacio que la abuela. Yo estaba sentada en el asiento del copiloto con los pies en el tablero de mandos. Mientras tanto, mi madre permanecía inconsciente en el asiento trasero. Incluso dormida, parecía estar en guardia, como si se fuera a despertar en cualquier momento y ponerse a dirigir el tráfico.

– Más de prisa -le repetí a Steven mientras le daba un toque en el hombro-. Adelanta al niño en bicicleta.

Steven se encogió del hombros.

– No toques nunca al conductor. Y aparta tus sucios pies de mi tablero -dijo.

Sacudí un poco los pies. A mí me parecían bastante limpios-

– El tablero no es tuyo. Por si no lo sabes, pronto será mi coche.

– Si tramitas tu licencia algún día. A la gente como tú no se le debería permitir conducir -se burló.

– Eh, mira -dije señalando la ventanilla-. ¡Ese sujeto en la silla de ruedas acaba de rebasarnos!

Steven me ignoraba, así que empecé a juguetear con la radio. Una de mis partes favoritas de ir a la playa eran las emisoras de radio. Las conocía tan bien como las de casa y escuchar la Q94 me hacía sentir que había llegado de verdad, que realmente estaba en la playa. Encontré la emisora que más me gustaba, la única que ponía de todo, desde música pop, pasando por los clásicos, hasta hip-hop. Tom Petty cantaba Free Fallin’ y yo entonaba a coro: “She’s a good girl, crazy ’bout Elvis. Loves horses and her boyfriend too”.

Steven alargó el brazo para cambiar de emisora y yo se lo aparté de un manotazo.

– Belly, tu voz hace que tenga ganas de hundir el coche en el océano -dijo Steven finjiendo dar un volantazo a la derecha.

Me puse a cantar aún más alto, despertando a mi madre, y ella también empezó a cantar. Las dos teníamos una voz terrible y Steven negó con la cabeza al estilo “Steven el indignado”. No soportaba que lo superáramos en número. Eso era lo que más le molestaba del divorcio de nuestros padres, ser el único hombre y no tener papá para ponerse de su lado.

Cruzamos la ciudad despacio y, aunque acababa de burlarme de Steven justamente por eso, en realidad no me importaba. Me encantaba ese viaje, ese momento. Ver la ciudad de nuevo, la Barraca del Cangrejo de Jimmy, el Putt Putt y todas las tiendas de surf. Era como volver a casa después de estar lejos mucho, mucho tiempo. Aquel momento encerraba un millón de promesas de lo que podía llegar a ser ese verano.

Extracto de El verano en que me enamoré, de Jenny Han.

el verano

El verano en que me enamoré, de Jenny Han, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Destino.

Transatlántico, de Colum McCann

La casita estaba a orillas de un lago. Ella oía el viento y la lluvia azotar la superficie infinita del agua, sacudir los árboles y abrirse paso entre la hierba.

Empezó a levantarse muy temprano, antes incluso que los niños. Era una casa que valía la pena escuchar. Ruidos extraños en el tejado. Al principio imaginó ratas correteando sobre las tejas de la pizarra, pero no tardó en descubrir que eran las gaviotas, que sobrevolaban la casa y dejaban caer ostras sobre el tejado para romper las conchas y abrirlas. Pasaba por las mañanas, sobre todo, y algún que otro anochecer.

Primero dejaban escapar un sonido metálico, luego las conchas rebotaban mudas antes de tintinear tejado abajo hasta caer rodando en la hierba crecida manchada de cal.

Cuando la concha caía de punta se abría enseguida, pero si caía de lado no había manera de que se rompiera: se quedaba allí tirada, artefacto por explotar.

Las gaviotas se abalanzaban acrobáticas sobre las conchas rotas. Con el problema del hambre temporalmente resuelto, volvían a alejarse hacia el agua batiendo las alas, escuadrones de azul y gris.

Y al poco las habitaciones iban desperazándose, ventanas y armarios y puertas que se abrían, y el viento que llegaba del lago y empezaba a rondar por la casa.

Extracto de Transatlántico, de Colum McCann.

Transatlántico

Transatlántico, de Colum McCann, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Seix Barral.